Conoces a Leticia ¿??? . Te la imaginas ¿??? Que sabes de ella ¿??? Es una niña, una mujer, una ciudad, o un nombre y nada mas ¿?????
Pues esta Leticia, es alguien rescatado de los sueños, de la Esperanza y de tener la certeza que las cosas cuando se quieren se cumplen
(Cuento tomado del libro “Tres corazones” de Víctor Castañón, de México)
LETICIA
VICTOR CASTAÑON
MEXICO
La conocí cuando llegue a aquella escuela de la sierra para cumplir un interinato de 6 meses. Se llamaba Leticia y no más de 10 años de edad. Diez años conociendo las carencias y la mugre de la vida. Diez años con poca agua y sin jabón. Diez años con la misma ropa, heredada por una tradicional necesidad familiar. Diez años batallando con los bichos de día y de noche. Con una nariz que como vela escurría todo el tiempo. Con el pelo, largo, opaco y descolorido, sirviendo de tobogán a los piojos.
Aun así con la mugre acostumbrada y el liquido verde encima de sus labios, era de las primeras en llegar a la escuela. Quizás buscando la oportunidad de ver otra cosa que no fueran las carencias de su casa, aunque tuviera que enfrentar el rechazo y el asco de los demás. Nadie le dio la oportunidad para demostrar qué tan capaz era para aprender. El repudio era siempre, la primera reacción.
Tal vez iba a la escuela por los momentos necesarios para soñar que era lo que no era. En medio de príncipes, duendes, brujas y encantamientos, ella podía elegir la vida que le gustaba. En sus fantasías la mugre no existía, con el cuero de un piojo gigantesco, hasta se podía hacer un tambor para la princesa, y sobre todo, que ella podía ser la princesa. Y las palabras mágicas que brotaban de aquellos libros encantaban a las serpientes que danzaban y terminaban soñando en un pupitre de madera. Los magos se volvían escritores y entrelazaban palabras para formar historias de amor o de sueños que se vuelven realidad.
Siempre me pregunté ¿Hasta donde llegan las palabras? ¿Dónde anidan? ¿Viven o reviven a voluntad del que las oye? Para que sirve leer cuentos, fabulas o leyendas a estos niños que no han comido? Además de la moraleja pronta que nos brindan ¿sirven para algo más? Yo estaba convencido de que si pero no sabia hasta donde. Y constantemente les brindaba relatos, en Historia, en español, en Civismo y en la mágica hora de las lecturas.
Un día por petición popular, contamos la Cenicienta. Y en el momento en que la hada madrina va a transformar a la jovencita andrajosa en una bella señorita de vestido vaporoso y zapatillas de cristal, Leticia empezó a aplaudir frenéticamente esperando que el milagro se realizara. Y sus ojos opacos brillaron. Había una suplica en su rostro, un favor deseado intensamente que provocó la burla de los que no tenían la misma capacidad ni la misma necesidad de soñar.
Un día pregunté a mis alumnos una cuestión obligada: ¿Qué quieren ser cuando sean grandes? Y el cofre de sus deseos se abrió ante mí. Uno quería ser astronauta aunque al pueblo ni el autobús llegaba; otros querían ser maestros, artistas, ingenieros o enfermeras. Cuando le toco el turno a Leticia se levantó y con una voz firme, que pocos le conocían, dijo: ¡Yo quiero ser Doctora!- Y una carcajada insistente se escuchó en el salón. Apenada se deslizó en su banca, invocando a la hada madrina que no llegó. Y entre burlas y regaños se cerró aquella sesión intrascendente para unos y retadora para otros. Y encima de la mesa de madera carcomida, la Cenicienta y el príncipe buscaban quien los volviera a la vida.
Después de quince años, encontré algunas respuestas y otras preguntas. Los viernes son días de felicidad para los maestros que trabajaban lejos de casa. Se olvida un poco el cansancio y se buscan las buenas noticias ocurridas en una semana de claustro. Las canciones de “Los tigres del Norte” nos acompañan y nos alegran aun más el día. Las buenas nuevas me abordaron en el autobús, antes de llegar a casa. Llegaron como una aparición, toda de blanco, menudita y femenina.
-¡Usted es el maestro Víctor Manuel !…!Usted fue mi maestro! Me dijo aquella jovencita sorprendida y sonriente-, aquel que podía encantar serpientes con los cuentos que contaba.
Halagado y sonriendo le dije: Ese mero soy yo.
-¿No me recuerda maestro?-
Al ver la interrogación en mi cara, me dijo con la misma voz firme de otro tiempo:
-Yo soy Leticia…. Y soy Doctora…
Los ojos y la nariz se me agrandaron (aún más) y los recuerdos se atropellaban para reconstruir la imagen de la chiquilla que nadie quiere tener cerca.
-Ya ve maestro…gracias a los cuentos…
Y se bajo en el crucero, dejando como la Cenicienta, la huella de sus zapatillas en el estribo del autobús.. Ya mi con mil preguntas.
Solo agregó: … Búsqueme en la clínica tal. Y se fue….
Pasó el tiempo, un día fui a la clínica que me dijo y no la encontré. ¡Era demasiada belleza para ser verdad!.- “Los milagros así no ocurren ya”.. pensé decepcionado.- “Los cuentos son bellos pero no dejan de ser cuentos”- me autorreprochaba.
Arrepentido de haber ido y casi derrotado, hablé con la Directora de la clínica, y las sorpresas revivieron mis sueños y mi confianza en la Literatura:
-La Doctora Leticia trabajaba aquí, pero ya no-me dijo-, solicitó una beca para especializarse y la ganó… ahora está estudiando en Nueva York.
Leticia está allá, volando lejos, aprendiendo más y enseñando sus secretos para luchar. Mientras aquí, las interrogantes y las conjeturas me envuelven. Sigo queriendo saber hasta dónde llega el poder de las palabras, cual es el sortilegio para encantar las serpientes que jalan a los descobijados, ¿Cómo pudo su naturaleza fuerte permanecer intacta ante tanta humillación y escarnio?, ¿Cómo un deseo pudo ser tan contundente?
Quiero que me enseñe cómo evoluciona una oruga hasta convertirse en ángel, y quiero que me diga lo que ya intuyo: que los milagros son raros pero eso no les impide existir, y sobre todo, quiero que me diga cuál fue la varita mágica que la convirtió en la Princesa del cuento.
(Cuento tomado del libro “Tres corazones” de Víctor Castañón, de México)
Conoces a Leticia ¿??? . Te la imaginas ¿??? Que sabes de ella ¿??? Es una niña, una mujer, una ciudad, o un nombre y nada mas ¿?????
Pues esta Leticia, es alguien rescatado de los sueños, de la Esperanza y de tener la certeza que las cosas cuando se quieren se cumplen
(Cuento tomado del libro “Tres corazones” de Víctor Castañón, de México)

Leticia
LETICIA
La conocí cuando llegue a aquella escuela de la sierra para cumplir un interinato de 6 meses. Se llamaba Leticia y no más de 10 años de edad. Diez años conociendo las carencias y la mugre de la vida. Diez años con poca agua y sin jabón. Diez años con la misma ropa, heredada por una tradicional necesidad familiar. Diez años batallando con los bichos de día y de noche. Con una nariz que como vela escurría todo el tiempo. Con el pelo, largo, opaco y descolorido, sirviendo de tobogán a los piojos.
Aun así con la mugre acostumbrada y el liquido verde encima de sus labios, era de las primeras en llegar a la escuela. Quizás buscando la oportunidad de ver otra cosa que no fueran las carencias de su casa, aunque tuviera que enfrentar el rechazo y el asco de los demás. Nadie le dio la oportunidad para demostrar qué tan capaz era para aprender. El repudio era siempre, la primera reacción.
Tal vez iba a la escuela por los momentos necesarios para soñar que era lo que no era. En medio de príncipes, duendes, brujas y encantamientos, ella podía elegir la vida que le gustaba. En sus fantasías la mugre no existía, con el cuero de un piojo gigantesco, hasta se podía hacer un tambor para la princesa, y sobre todo, que ella podía ser la princesa. Y las palabras mágicas que brotaban de aquellos libros encantaban a las serpientes que danzaban y terminaban soñando en un pupitre de madera. Los magos se volvían escritores y entrelazaban palabras para formar historias de amor o de sueños que se vuelven realidad.
Siempre me pregunté ¿Hasta donde llegan las palabras? ¿Dónde anidan? ¿Viven o reviven a voluntad del que las oye? Para que sirve leer cuentos, fabulas o leyendas a estos niños que no han comido? Además de la moraleja pronta que nos brindan ¿sirven para algo más? Yo estaba convencido de que si pero no sabia hasta donde. Y constantemente les brindaba relatos, en Historia, en español, en Civismo y en la mágica hora de las lecturas.
Un día por petición popular, contamos la Cenicienta. Y en el momento en que la hada madrina va a transformar a la jovencita andrajosa en una bella señorita de vestido vaporoso y zapatillas de cristal, Leticia empezó a aplaudir frenéticamente esperando que el milagro se realizara. Y sus ojos opacos brillaron. Había una suplica en su rostro, un favor deseado intensamente que provocó la burla de los que no tenían la misma capacidad ni la misma necesidad de soñar.
Un día pregunté a mis alumnos una cuestión obligada: ¿Qué quieren ser cuando sean grandes? Y el cofre de sus deseos se abrió ante mí. Uno quería ser astronauta aunque al pueblo ni el autobús llegaba; otros querían ser maestros, artistas, ingenieros o enfermeras. Cuando le toco el turno a Leticia se levantó y con una voz firme, que pocos le conocían, dijo: ¡Yo quiero ser Doctora!- Y una carcajada insistente se escuchó en el salón. Apenada se deslizó en su banca, invocando a la hada madrina que no llegó. Y entre burlas y regaños se cerró aquella sesión intrascendente para unos y retadora para otros. Y encima de la mesa de madera carcomida, la Cenicienta y el príncipe buscaban quien los volviera a la vida.
Después de quince años, encontré algunas respuestas y otras preguntas. Los viernes son días de felicidad para los maestros que trabajaban lejos de casa. Se olvida un poco el cansancio y se buscan las buenas noticias ocurridas en una semana de claustro. Las canciones de “Los tigres del Norte” nos acompañan y nos alegran aun más el día. Las buenas nuevas me abordaron en el autobús, antes de llegar a casa. Llegaron como una aparición, toda de blanco, menudita y femenina.
-¡Usted es el maestro Víctor Manuel !…!Usted fue mi maestro! Me dijo aquella jovencita sorprendida y sonriente-, aquel que podía encantar serpientes con los cuentos que contaba.
Halagado y sonriendo le dije: Ese mero soy yo.
-¿No me recuerda maestro?-
Al ver la interrogación en mi cara, me dijo con la misma voz firme de otro tiempo:
-Yo soy Leticia…. Y soy Doctora…
Los ojos y la nariz se me agrandaron (aún más) y los recuerdos se atropellaban para reconstruir la imagen de la chiquilla que nadie quiere tener cerca.
-Ya ve maestro…gracias a los cuentos…
Y se bajo en el crucero, dejando como la Cenicienta, la huella de sus zapatillas en el estribo del autobús.. Ya mi con mil preguntas.
Solo agregó: … Búsqueme en la clínica tal. Y se fue….
Pasó el tiempo, un día fui a la clínica que me dijo y no la encontré. ¡Era demasiada belleza para ser verdad!.- “Los milagros así no ocurren ya”.. pensé decepcionado.- “Los cuentos son bellos pero no dejan de ser cuentos”- me autorreprochaba.
Arrepentido de haber ido y casi derrotado, hablé con la Directora de la clínica, y las sorpresas revivieron mis sueños y mi confianza en la Literatura:
-La Doctora Leticia trabajaba aquí, pero ya no-me dijo-, solicitó una beca para especializarse y la ganó… ahora está estudiando en Nueva York.
Leticia está allá, volando lejos, aprendiendo más y enseñando sus secretos para luchar. Mientras aquí, las interrogantes y las conjeturas me envuelven. Sigo queriendo saber hasta dónde llega el poder de las palabras, cual es el sortilegio para encantar las serpientes que jalan a los descobijados, ¿Cómo pudo su naturaleza fuerte permanecer intacta ante tanta humillación y escarnio?, ¿Cómo un deseo pudo ser tan contundente?
Quiero que me enseñe cómo evoluciona una oruga hasta convertirse en ángel, y quiero que me diga lo que ya intuyo: que los milagros son raros pero eso no les impide existir, y sobre todo, quiero que me diga cuál fue la varita mágica que la convirtió en la Princesa del cuento.
(Cuento tomado del libro “Tres corazones” de Víctor Castañón, de México)